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2012-10-20T02:29:23+02:00
El cóndor ciego
Autor: DAVILA ANDRADE Cesar
PP:   cóndor ciego
PS : Huáscar chambo

- Huelo a carne quemada dijo el viejo 
—Sí, carne quemada repitió, 
—Son los indios de la Hacienda "Ingachaca" dijo Huáscar desde su sitio. 
—¿Los indios... ? 
—Sí. Están marcando el ganado en las lomas del frente explicó Chambo Conversaban sobre un estrecho balcón de granito negro   El ciego arrastró el ala derecha y se volvió: Sarcoramphus dijo,elévate y otea la comarca. Te esperamos. El aludido salió de su ensimismamiento y giró acrimonioso. Mientras mis ojos vean... exclamó . Hubo un lento rumor de abanicos. Corrió unos segundos con las alas entreabiertas y las extendió violentamente, hasta el fondo tenso de la envergadura. Estaba en el aire. Recogió las patas y giró frente al grupo, saludando con trágica solemnidad. ¡Grr... grr! Al cabo de un momento, reapareció, alto y distante. Tenía las alas tensas, casi inmóviles, y el cuello curvado hacia abajo en actitud de espiar. Sarcoramphus regresó   y dijo Hay comida suficiente —informó,
—¿Algo nuevo... ? —inquirió el ciego. 
—Sí. Un hombre y su mula rodaron anoche en la Quebrada Seca, al pie de las solfataras. Sus cadáveres están frescos. 
—¡Oh, qué bien! —exclamó Huáscar. 
—¿Qué quieres almorzar
—¡Quiero volar! 
—¿Volar tú... ? repuso Chambo con respetuoso interés. 
—Mi último vuelo.   pero el ya no podia volar Huáscar, Sarcoramphus y Chambo saltaron sucesivamente al vacío y, sin olvidar el pedimento del ciego, hicieron su íntima elección. El cóndor ciego parecía dormitar sobre sus poderosos tarsos Regresaron pasado el mediodía. El ciego dormitaba de verdad. El aleteo de los compañeros le sacó del sueño. Irguió la enérgica cabeza sobre el plumaje, y preguntó: ¿Qué tal estuvo? Grr... grr... repuso Chambo, que tenía el pico desocupado. Huáscar y Sarcoramphus se aproximaron de lado, majestuosos; y depositaron ante las patas del ciego los sangrientos manjares.   Mediaba la tarde cuando regresaron el cóndor ciego dijo Es tiempo. Subamos a la piedra negra. Y empezó a ascender. Le siguieron en silencio uno detrás de otro. Y todos iban pensando: "El lo sabe todo. Algo querrá decirnos. El nos enseñó a dispersar un rebaño y a separar la víctima. El nos enseñó el golpe de flanco que derriba. El nos enseñó a elegir las nubes que hacen invisible nuestro plumaje". El ciego ascendía serenamente. En seguida, sabiéndose sobre el abismo, cerró las alas de golpe. Ellos miraban. Un cuerpo oscuro y apretado cayó girando como un fruto.
Criterio:
Se debe mantener respeto por los ancianos ya que estos poseen grandes conocimiento  
2012-10-20T03:28:02+02:00

olap

El cóndor ciego

             

 

Cuando marchan sobre la nieve, bajo el sol del mediodía, se detienen a veces, y ladeando la cabeza con aquel tic suyo tan noble y humorístico, observan minuciosamente la esplendente masa; distinguen las pequeñas estrellas radiadas, las cristalizaciones columnarias, los finísimos canales pneumáticos y las miríadas de naderías que forman la catedral helada.

     

 

Imperturbable, sin transparentar su emoción, fue a alinearse al lado de sus compañeros.

—Hay comida suficiente —informó, sin dejar caer aquella especie de frío monóculo de la solemnidad.

—¿Algo nuevo... ? —inquirió el ciego.

—Sí. Un hombre y su mula rodaron anoche en la Quebrada Seca, al pie de las solfataras. Sus cadáveres están frescos.

—¡Oh, qué bien! —exclamó Huáscar.

—¿Qué quieres almorzar: bofes, hígado, abomazo...?

—El corazón del hombre y sus testículos... —repuso el ciego, y agregó: —¡Quiero volar!

—¿Volar tú... ? —repuso Chambo con respetuoso interés.

—Mi último vuelo.

Los ojos de color de incienso se iluminaron de salvaje entusiasmo. Pero los veló con perspicacia en seguida.

—Díganle a Amarga que la espero esta tarde.

Hundió el cuello y la gorguera entre las alas y se deslizó entre la penumbra del nidal.

Huáscar, Sarcoramphus y Chambo saltaron sucesivamente al vacío con rumorosa corpulencia, y, de pronto, cada cual fue la boca de un gran deseo, bebiendo a raudales el espacio.

Con vuelo tenso y potente, ascendieron hasta ponerse sobre todas las cumbres y los cráteres, y dibujaron tres lentísimos círculos entrelazados.

—¡Mira la Quebrada Seca!

—¡Es un indio..., un indio joven!

—¡Y la muía está gorda..., gorda!

—¡Miren la Quebrada...!

A pesar del contradictorio océano del viento, cada uno de los rapaces percibió distintamente la fragancia de los azúcares negros de la muerte, correspondientes al infortunado jinete y a la bestia.

Eran viejos bebedores de efluvios mortales. Y, sin olvidar el pedimento del ciego, hicieron su íntima elección.

             

Regresaron pasado el mediodía. El ciego dormitaba de verdad. El aleteo de los compañeros le sacó del sueño. Irguió la enérgica cabeza sobre el plumaje, y preguntó:

—¿Qué tal estuvo?

—Grr... grr... —repuso Chambo, que tenía el pico desocupado. Huáscar y Sarcoramphus se aproximaron de lado, majestuosos; y depositaron ante las patas del ciego los sangrientos manjares señalados.

Sin contenerse, el ciego empezó a devorar.

Terminó el fúnebre almuerzo, restregó el pico entre las rocas y agradeció: —El indio era joven..., descanse y vuele.

—¡Descanse y vuele...! —repitió Chambo, convencido..

—Y muera esta misma tarde conmigo... —exclamó el ciego con repentino aire de misterio.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Si ven a Amarga, díganle que la espero al atardecer.

Y con pausado tranco se dirigió al fondo del nidal.

Por ahí mismo se descolgaba una rugosa masa de lava petrificada. Del incendio que había sido su rumorosa juventud, quedaba el silencio mineral salpicado de musgo rojizo parecido a limalla de cobre.

No se había vuelto aún, cuando los oyó elevarse, uno a uno. Sintiéndose solo, se recogió para digerir. Y mientras se adormilaba, escuchaba ese silencio lúcido de afuera, que florece en las cumbres como la sublimación de todas las batallas.

     

Mediaba la tarde cuando regresaron. El ciego les esperaba ya en el sitio acostumbrado. Luego que todas las alas estuvieron cerradas, preguntó:

—¿Han visto a Amarga... ?

—Amarga no ha sido vista —respondió Chambo, contrariado.

El ciego no protestó. Se contentó con limpiarse el pico en la roca. Después de unos instantes propuso:

—Es tiempo. Subamos a la piedra negra.

Y empezó a ascender.

Le siguieron en silencio uno detrás de otro. Y todos iban pensando: "El lo sabe todo. Algo querrá decirnos. El nos enseñó a dispersar un rebaño y a separar la víctima. El nos enseñó el golpe de flanco que derriba. El nos enseñó a elegir las nubes que hacen invisible nuestro plumaje".

Se detuvo sobre una planicie negra y angosta que terminaba a pico sobre el occidente. Parecía un gigantesco trampolín encallado contra el cielo.

Al fondo, bajo el sol oblicuo, fulguraba el mar lejano, semejante a una piedra pura, derretida. La costa remedaba sólo un reflejo que se persiguiera en su vaivén, desconociéndose a sí misma.

El ciego sacudió la cabeza y dijo:

—¡Descanse y vuele el hombre. Y muera otra vez conmigo hoy mismo!

Luego, empezó a correr a lo largo de la rampa, en dirección al sol occiduo.

Sus alas se fueron desplegando poco a poco en la carrera. Las largas plumas blancas —las remeras— se prolongaron en la línea máxima de la envergadura. Extendió el libre cuello y recogió los tarsos. Así entró en la atmósfera.

El grupo de sus compañeros avanzó hasta el borde de la rampa. "El nos enseñó el golpe de flanco que derriba. El nos mostró la ciudad del hombre, rodeada de basureros. El nos mostró la unión de la tierra y del océano, como un largo sudor de espumas..."

El ciego ascendía serenamente, adivinando la inmensa candela de la tarde. Ya era una sola mancha horizontal contra la ilimitada transparencia, sobre las aguas. La sal húmeda y bullente de las profundidades le llegó al sentido. La aspiró con gusto mortal para el último gesto. En seguida, sabiéndose sobre el abismo, cerró las alas de golpe.

Ellos miraban.

Un cuerpo oscuro y apretado cayó girando como un fruto.