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2014-02-26T20:28:47+01:00

 La Cuaresma no ha sido solamente un lapso de reflexión, penitencia y conversión, sino también un periodo de aprendizaje sobre nuestra fe. Esto puede confirmarse cuando, como fruto de la reflexión, el creyente se ha dado cuenta de que tres de los grandes problemas existenciales encuentran solución en las enseñanzas Evangélicas. El primer problema es el de la insatisfacción. Ésta se manifiesta de muchas maneras, siendo la más evidente, la envidia. Asimismo, no haber alcanzado metas en la vida, generalmente por tomar decisiones equivocadas, generalmente conduce a la insatisfacción y a la amargura. Instisfechos son, entonces, quienes tienen ansias de poseer más, de aparentar más, olvidando que lo que realmente trae satisfacción en la vida es el ser persona. La enseñanza evangélica la encontramos en el Evangelio del tercer domingo de Cuaresma, en el que escuchamos el pasaje del diálogo con la samaritana. Jesús indica que el que bebe del agua del pozo, o sea quien solamente se deja guiar por satisfactores terrenos, tendrá otra vez sed; sin embargo, la respuesta al problema existencial de la insatisfacción se encuentra en las palabras de N.S. Jesucristo: “el que beba del agua que y le dé no tendrá sed jamás; más aún, el agua que yo le daré será en él manantial que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14).

     El segundo problema tiene que ver con la ceguera y la oscuridad. Cuando no queremos ver la realidad de las cosas y cerramos los ojos ante la injusticia, el dolor ajeno, la pobreza, la violencia, el engaño, tanto como ante el amor, la sinceridad, los esfuerzos por alcanzar la paz, las acciones de tantas personas que dan su tiempo y sus bienes a causas justas. Por su parte, la oscuridad representa todas aquellas acciones que, para realizarlas, hay que buscar el anonimato, el no ser visto. Debemos recordar que cualquier cosa que tengamos que hacer en secreto, es contraria a la ley natural, y sólo traerá vaciedad interior, intranquilidad y remordimientos. La enseñanza cuaresmal la tuvimos el cuarto domingo con el relato de la curación de un ciego de nacimiento. Jesús nos dice: “mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9, 5). De aquí la doctrina paulina que nos hace ver que ahora somos luz en el Señor, por lo que debemos buscar lo que agrada al Señor y no tomar parte en las obras de las tinieblas, porque las cosas que se hacen en secreto da vergüenza decirlas (Cfr. Ef 5, 8-12).

     El tercer problema es el de la muerte. El temor a la muerte es, al parecer, algo natural desde el inicio de la civilización (Heb 2, 15) y San Pablo nos enseña que es el último enemigo a vencer (1 Cor 15, 26). Sin embargo, también es de tomar en consideración que los grandes santos de todos los tiempos no tuvieron miedo a morir y, en muchos casos lo deseaban, por la certeza de que es el paso certero para encontrarse con Dios. ¿Por qué los santos tienen muertes serenas y, a veces, deseadas, mientras que otras personas no? Es posible que el miedo a la muerte se derive de que las personas vivas que lo experimentan, ya han muerto en el espíritu por la codicia, la soberbia, la lujuria, la irresponsabilidad, la infamia y la mentira. Ante ello, la vida en el espíritu se tiene por las enseñanzas de N.S. Jesucristo, Hijo del Padre, quien nos asegura que el Señor es un Dios de vivos (Lc 20, 38), por lo que la muerte física puede entenderse como un transitar de una vida a otra. La respuesta ante la muerte se nos ha dado el quinto domingo en las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26). San Juan expone que si amamos a nuestros semejantes, tenemos la vida pues “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14). Por tanto es muy fácil distingir a una persona que está viva de una que está muerta: el que vive ama a su prójimo y el que no ama no vive, está muerto. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.