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2014-01-27T00:39:39+01:00
Yo soy Juan Atampam, Blas Llaguarcos, Bernabé Ladña,
Nací y agonicé en Chorlaví, Chamanal y Tanlagua,
Si, mucho agonicé
Sudor de sangre tuve en mis venas
Añadí así más dolor y blancura a la cruz que trajeron mis verdugos.
A mi tam. A José Vacacela tam.
A Lucas Chaca tam.
En medio de plaza de Guápulo y en rueda de otros naturales
nos trasquilaron hasta el frío la cabeza.
Oh, Pachacámac, Señor del infinito
nunca sentimos más helada tu sonrisa,
y al páramo subimos desnudos de cabeza,
a coronarnos, llorando con tu sol.
Y a Melchor Pumaluisa, hijo de Guápulo,
en medio de patio de hacienda, con cuchillo de abrir chanchos,
cortáronle testes.
Obligándole a caminar a patadas
delante de nuestros ojos llenos de lágrimas.
A cada golpe, echaba chorros de sangre,
hasta que cayó muerto y la flor de su cuerpo.
Y vuestro teniente de justicia mayor
José de Uribe: "Te ordeno".
Y yo con otros mitayos le llevábamos a todo pedir
para sus paseos, en hamaca, de casa en casa.
Mientras tanto mujeres con hijas mitayas,
a barrer, a carmenar, a hilar, a tejer,
a lamer platos de barro - nuestra hechura,-
Y a acostarse con viracochas,
nuestras flores de dos muslos,
para traer al mestizo, verdugo venidero.
Ya sin paga, sin maíz, sin runa-mora,
ya sin hambre de tanto no comer;
sólo calavera, llorando granizo viejo por mejillas,
llegué trayendo frutos de la yunga.
Cuatro semanas de ayuno.
Encontré a mi mujer partida en dos por Alférez Quintanilla,
Mujer, convivienta de éste, mató dos hijos míos a latigazos.
Pachacámac, Pachacámac
y yo, a la vida
así morí.
Y de tanto dolor, siete cielos
por setenta soles, Pachacámac,
mujer pariendo mi hijo, le torcí los brazos.
Ella, dulce ya de tanto aborto, dijo:
"Quiebra maqui de guagua; 
quiebra pescuezo de guagua;
no quiero que sirva
que sirva de mitayo a viracochas".
Quebré.
Y entre Curas, tam, unos pareciendo, buitres, diablos, había.
Iguales. Peores que los de dos piernas.
otros decían: "Hijo, amor a Cristo".
unos decían: "Contribución, mitayo, a trabajar en mi hacienda,
a tejer dentro de iglesia,
cera para monumento,
aceite para lámpara,
huevos de ceniza,
doctrina y ciegos doctrineros.
Vihuela, india a la cocina, hija a la cama.
Así dijeron. Obedecí.
Y después: Ron, Manuel, Salva, Antonio, Miguel,
leña, carbón, huevos, pescado, piedras, ceniza,
mujeres, hija, runa-llama
runa-llama que en tres meses 
comiste más dos mil corazones de hijas.
Y a mujer que tam comistes
cerca de oreja de marido y de hijo,
noche a noche.
Brazos llevaron al mal.
Ojos al llanto.
Hombros al soplo de tus fuetes,
Mejillas a lo duro de tus botas.
Ella, ni un gemido, ni una lágrima
pero dijo una palabra tan suya y tan nuestra: ¡Carajú!
Y él, muy cobarde, puso una cáscara de huevo
en la llama hasta que estuvo roja y le pringó en los labios,
así, que se le abrieron como rosas.
Cinco días no comió,
yo la encontré muerta en la acequia de los excrementos.
Y al Tomás Quitumbe, el hijo de Quito, que se fue huyendo
de terror, por esos montes,
le persiguieron; un alférez iba a la cabeza.
Y él, corre que corre, como venado herido
por esos montes de sigses, plata y pluma
hasta que cayó herido a los pies de tantos pedernales.
Cazáronle. Amarráronle el pelo a la cola de un potro alazán,
y arrastráronle hasta medio de patio de la hacienda de los Chillos.
Allí le rellenaron las heridas con ají y sal,
así todo piernas, así todo trasero:
"Amo viracocha, perdón, amo viracocha, perdón, amo viracocha, perdón".
Nadie le vio morir.
Pero un día volví. ¡Y ahora vuelvo!
Esta tierra es mía,
mía, mía para adentro, como mujer en la noche.
Mía, mía para arriba, más allá del gavilán.
Vuelvo, álzome!
Levántome del tercer siglo, de entre los muertos!
¡y de los muertos, vengo!
¡Yo soy Juan Atampam! ¡Yo, tam!
¡Yo soy Blas Llaguarcos! ¡Yo, tam!
Esta tierra es mía,
la tierra se mueve con todas sus caderas
sus vientres y sus mamas.
¡Yo soy el indio de América!
Vengo a reclamar mi heredad.
¡Pachacámac!
Aquí estoy, aquí estamos.
¡Aquí estoy!