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2014-01-15T16:42:33+01:00
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2014-01-15T21:53:11+01:00
El Infierno: Canto XV

Nos lleva ahora una de las duras márgenes:
y el humo del arroyo tal niebla les hace
que del fuego salva el agua y las orillas.

Como los Flamencos entre Gante y Brujas,
temiendo las olas que se les avanzan
levantan diques para que el mar se aleje;

y al igual que los Paduanos a lo largo del Brenta
para amparar sus castillos y pueblos
antes que el Carentana el calor sienta;

de tal manera estas riberas,
aunque no eran tan altos ni tan gruesas,
cualquiera fuese quien las construyera.

Ya de la selva nos habíamos alejado tanto
que no podía verla desde donde estaba
aunque me hubiera vuelto a mirar atrás,

cuando de almas encontramos una hilera
cada una, viniendo por la ribera,
mirándonos como suele en la noche

mirarse uno al otro bajo la luna nueva,
y para así vernos aguzaban la vista
como mira el viejo sastre al ojo de la aguja.

Escrutados así por esa tal familia
de uno fui conocido, que me tomó
por el ruedo y me gritó: ¡Maravilla!

Y yo, cuando zafé de su brazo,
fijé tanto la vista en su cocido aspecto,
que aún a pesar de su abrasado rostro

pude reconocerlo en mi intelecto;
e inclinando hacia su faz la mía
respondíle: ¿Vos aquí, maestro Brunetto?

Y él: Hijito mío, no te desplazca
si Brunetto Latino contigo un poco
se retrasa y deja al tropel que vaya.

Y yo le dije: Cuanto pueda os lo ruego;
y si queréis que juntos nos sentemos
lo haré, si place a aquel que va conmigo.

Hijito mío, dijo, si alguno de este rebaño
hace alto un instante, luego por cien años
queda sin defensa bajo el fuego que lo hiere.

Mas sigue adelante, que yo iré a tu lado,
y luego alcanzaré a mi manada,
que va llorando sus eternos daños.

No osaba yo bajar de la orilla
para andar a su par; mas inclinado el rostro
llevaba en gesto deferente.

Y comenzó: ¿Qué fortuna o destino
antes del último día aquí te trae?
y ¿quién es aquel que apunta el camino?

Allá arriba, en la vida serena,
le respondí, me perdí en un valle
antes que mi edad fuera plena.

Sólo ayer de mañana le volví la espalda;
este me apareció, cuando me volvía al valle,
y recondújome aquí por esta calle.

Y él a mi: Si sigues tu estrella
errar no puedes el glorioso puerto
como bien advertí en la vida bella;

y si no hubiera tan pronto muerto,
viendo el cielo para ti tan benigno,
confortado en tu obra yo te hubiera.

Pero aquel ingrato pueblo maligno
que desciende de Fiésole ab anticuo
que mucho tiene de monte y piedra,

será, a causa de tu buen obrar, tu enemigo;
y es de razón, porque entre ásperos serbales,
no es conveniente disfrutar del dulce higo.

Una vieja fama en el mundo los llama ciegos,
avara gente, envidiosa y soberbia:
de sus costumbres guárdate pulcro.

Tu fortuna tanto honor te reserva
que unos y otros tendrán hambre
de ti; pero que lejos del pico sea la hierba.

Hagan las bestias fiesolanas de sí mismas
pasto; y que no toquen la planta
si aún alguna en su estiércol crezca,

de la cual renazca la semilla santa
de aquellos Romanos que aún quedaron
cuando se hizo nido de malicia tanta.

Si plenamente mi deseo se cumpliera
le respondí, vos no estaríais todavía
de la humana naturaleza puesto fuera;

que fijo en la mente guardo, y me contrista
ahora, la querida y buena imagen paterna
de vos cuando en el mundo, de tanto en tanto,

me enseñabais cómo se inmortaliza el hombre:
y cuanta gratitud de ello guardo, mientras viva,
es necesario que mi lengua lo discierna.

Lo que narráis del curso de mi vida grabo,
y lo guardo para glosarlo con otro texto
a dama que sabrá, si a ella arribo.

Solo quiero que os sea manifiesto,
para que mi conciencia no reproche,
que a la Fortuna, lo que quiera, yo estoy presto.

No es nuevo a mis oídos tal presagio:
pero gire su rueda como le plazca
la Fortuna, y el villano su azada.

Mi maestro entonces vuelta su mejilla
a la derecha, volvióse y mirándome
me dijo: Bien escucha quien lo acota.

No obstante continúo hablando
con maese Brunetto, y quienes son le pregunto
sus compañeros más nobles y famosos.

Y me dijo: Saber de alguno es bueno;
de los otros mejor será callarse,
que a tanta charla el tiempo sería corto.

En suma, sabe que son clérigos todos
y grandes literatos y de gran fama,
de un mismo pecado sucios.

Prisciano va con esa turba mezquina,
y Francisco de Accorso también; y si de ver
esa tiñosa caterva tendrías el deseo

verás aquel que por el siervo de los siervos
fue trasladado del Arno al Bacchiglione
donde dejó sus mal extendidos nervios.

Más hablaría, pero el viaje y el sermón
alargarse más no puede, porque ya veo
surgir nuevo humo del arenal.

Vienen gentes con las que estar no deseo,
Séate recomendado mi Tesoro
en el que vivo todavía, y nada más pido.

Volvióse luego, y parecía uno de aquellos
que corren en Verona el palio verde
en la campiña; y parecía ser de aquellos

que ganan, y no de los que pierden.