Respuestas

2013-11-29T21:16:43+01:00
La sanger era marilla                                                                                                 -Si me como la sandía, ¿me dejarás salir?
-No
-Los mares están azules hoy. Quiero arrojarles polvo.
-Se convertirá en lodo y flotará lejos.
-No importa. Es necesario el polvo.
-Pero no saldrás.
Tomé la pistola. Estaba cargada. La sostuve en mi mano por un rato y después la apunté hacia su pecho. 
-Debo salir.
-No lo harás. El cielo está picado. El mar está bravo.
-Pero debo salir. Me comeré la sandía y saldré.
-La sandía es para otra ocasión.
Me puse las botas negras. Estaban muy viejas, pero las incrustaciones de oro aún brillaban.
Me asomé a la ventana. El cielo estaba picado, rosado.
-Debo salir- murmuré bajito.
-No lo harás.
Apreté fuerte la pistola. El vestido de seda de colores, tan ligero, tan fantástico. A veces irreal.
-No lo entiendes, Lucía. El mar me necesita. Si no voy sangra y llora. Soy todo para él.
Ella se incorporó muy lentamente, poco a poco, como si tuviera enfrente una fiera salvaje que pudiera alterarse y atacarla. 
Y así era yo.
-Hermana, escúchame. Es por tu seguridad. El día no está bien. Si sales quizás no vuelvas.
-No me importa. Debo salir. Comeré sandía y saldré.
-Morirás.
-No me preocupa.
-Te necesito.
-No es verdad.
-Es cierto.
-Mentira.
Un ave se posó en mi mano desnuda, la mano que sostenía el revólver.
-Mírala. Está tan tranquila. Sus plumas secas. Si ella puede volar al ras del mar, ¿por qué yo no? Debo salir hermana. El mar me extraña. La sal se seca. La arena es escasa.
-Hablas incoherencias. Debo atarte al conducto del aire.
-No me atarás a ningún lado. Voy a salir.
Presioné fuerte el gatillo. La bala impactó en la pierna de Lucía, justo en una vena. Su sangre amarilla se derramó por su pantalón blanco. Ella aulló de dolor.
-Lamento que sea así. Pero debo salir.
Entre sollozos, mi hermana alcanzó a balbucear:
-Bien sal. Sal y muere. Pero hazme un favor. Deja la sandía en la mesa. Es para otro día.
-De acuerdo. Lo haré.
Dejé el arma en la mesa. Tomé la sandía y la coloqué justo alado. Pronto Lucía moriría desangrada. Su sangre era amarilla.
Caminé tranquila hasta el acantilado, a unos pocos metros de la casa, el que daba la cara hacia el mar, llevando en mi muñeca al avecilla, quien jamás se separó de mí, ni siquiera con la explosión del disparo.
Me agaché y recogí un puñado de polvo cristalino. Me paré a la orilla del risco y lo arrojé al mar. Él supo que yo estaba allí y se puso contento. El pobre tonto se había enamorado de mí.
Me senté a la orilla del peñasco. Jamás volví a la casa.