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2013-10-27T22:01:11+01:00
El contrario de lo que es imaginado usualmente, el filósofo no es aquel que se posa sobre una roca con el mentón apoyado en el puño a echar simplemente la imaginación a volar y a generar ideas y pensamientos. Sin duda es una labor muy noble el acto de reflexionar, sin embargo, si se quiere filosofar, se necesita algo más que lo anterior. ¿Qué sentido tendría calificar de filósofo a aquel que piensa como cualquiera? ¿O qué gracia tendría denominar como filosofía a todo aquello elucubrado por la mente humana?

El acto de filosofar, debe decirse, requiere de una aptitud y de un método. La aptitud, y recalcando que hay que nacer y ser apto para ello, consiste en tomar (ahora cambio la palabra) una actitud particular respecto al mundo que nos rodea. Dicha actitud tradicionalmente se ha convenido en que el filósofo (o el aspirante a serlo) necesita de un espíritu infantil, que se maraville fácilmente, que admire. Debe observar con ojos de niño, pero, paradójicamente, debe pensar con un cerebro maduro y serio, lo cual se puede traducir en que debe tener rigurosidad al procesar lo que observa y lo que analiza. Niño y viejo a la vez, el filósofo necesita de admiración y de rigor para ser apto para la filosofía.

Hay otra disposición natural que me gustaría agregar al filósofo, y es la honestidad. La filosofía se remonta seguramente desde que el humano se preguntó por primera vez el por qué de algo, pero ya bien entrado en el siglo XIX es Friedrich Nietzsche quien dijo: “cada filósofo es abogado de sus instintos”. En efecto, si se hace filosofía y si se ama a la verdad, el filósofo debe avanzar valientemente sin visualizar conclusión alguna, desarrollando lentamente las conexiones de sus ideas con el rigor requerido, conciente de que la verdad que conseguirá muy bien podría ser una muy desagradable, e incluso mortal. Pocos son los filósofos lo suficientemente osados para ello.

¿Y no es el rigor una garantía de la honestidad? Lamentablemente no. La rigurosidad necesaria para hacer filosofía no implica que las premisas iniciales no sean oriundas de las más oscuras y ocultas motivaciones del filósofo. Para exponerlo con claridad: es posible armar silogismos partiendo de cualquier tipo de premisa, falsa o verdadera. Por ejemplo, Tomás de Aquino y Hume son muy rigurosos (y también poseen esa admiración infantil por el mundo que les rodea), pero llegan a conclusiones muy distintas en sus sistemas filosóficos. La honestidad resulta, pues, extremadamente importante; y por ello siempre es recomendable indagar en la biografía de un filósofo a la vez que nos adentramos en su filosofía.