Respuestas

2013-08-19T04:22:20+02:00
Tengo miedo torero es una novela que por sobre cualquier aspiración ideológica nos 
regala una exquisita historia de amor, de humanidad y de abnegación. 

Es 1986 y en las calles de Santiago las protestas y las barricadas mantienen en vilo a sus ciudadanos. Las protestas callejeras contra la dictadura de Augusto Pinochet se agudizan y se endurecen marcando el pulso de una sociedad que empieza, cada vez con más fuerza, a alzar la voz contra la represión y las atrocidades del régimen militar. Tiempos violentos, dramáticos, cargados de atropellos y brutalidades en los que, poco a poco y desde los distintos sectores sociales, los chilenos se fueron poniendo de pie para exigir su derecho a cambiar la historia. El escenario es exactamente el del año que pudo ser decisivo pero no lo fue: las protestas, los neumáticos humeando en las calles de la capital, los apagones; los boleros, rancheras y baladas de la época; Pinochet lidiando en la intimidad con sus fantasmas y sus inquietudes, y con una Lucía encaprichada con los últimos Modelos de Nina Ricci; y en medio de esa batahola…la Loca del Frente. 
La Loca del Frente es la denominación del personaje clave de la novela. Los motivos para llegar a ser bautizada así se multiplican polisémicamente. Por un lado, la palabra entre remite al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, integrado por los rebeldes que actúan contra el gobierno tiránico de Augusto Pinochet. Por otro, alude también al tratamiento irónico que recibe el personaje de parte de su madre simbólica, el homosexual llamado "la Rana" 
la Loca del Frente, así le llaman a este homosexual maduro, ex travesti, con poco pelo y sin dientes, que vive su vida ajena a contingencias políticas, escuchando canciones romanticonas como “Tengo miedo, torero, tengo miedo que en la tarde tu risa flote” de Sara Montiel. La Loca del Frente que vive sumergido en la irrealidad de un remanso construido entre boleros y mantones de Manila, ve su vida trastocarse y retorcerse cuando conoce a un joven insurgente implicado en la organización del atentado contra el dictador, y se enamora perdidamente de él. Un personaje a la vez grotesco y afectuoso que al paso de las páginas va enamorando también al lector y que sirve a Lemebel para dibujar a ese amplio sector de la sociedad chilena que hasta ese momento, subyugado por las dificultades de la precariedad y de la supervivencia, no alcanzaba a vislumbrar en su total dimensión el terror y la iniquidad con que su país estaba siendo gobernado. 

Así, mediante su estilo de frases recargadas, su ácida ironía y su descontrolada tendencia a la adjetivización, Lemebel va construyendo la crónica de esos días difíciles sin caer en el panfleto ni manosear los hechos históricos con cursilerías políticas o discursos sobre el castigo o la reconciliación. De esta manera, cuando recrea el clima de violencia e inseguridad de las calles de Santiago, cuando habla de los toques de queda o del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (el movimiento de insurgencia que encabezó la lucha armada contra el régimen de Pinochet), incluso, cuando juega a caricaturizar al dictador y a su esposa obsesionada por sus sombreros y vestidos mientras él se revuelca en la cama víctima de feroces pesadillas, no lo hace más que para configurar el telón de fondo de una historia más simple pero, al mismo tiempo, provista de una enorme y emotiva profundidad.