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2013-07-08T20:51:20+02:00
Esa pequeña casa al lado de la pradera se incendiaba y pocos lo sabían. Un libro de una de sus protagonistas publicado hace poco derrumbó el mito de una serie que tenía todos los días un final feliz
Nunca me divertí viendo “La Familia Ingalls”. Su argumento siempre me pareció forzado y sus contenidos un monumento a lo políticamente correcto (ya en exceso). A pesar de que jamás me habría mudado a una casa al lado de la pradera, siempre estuve pendiente de los capítulos nuevos que presentaba Panamericana TV. ¿Por qué seguirlos entonces? Si ya había visto a Michael Landon todos los días a la hora del almuerzo cuando pasaban “Bonanza” ¿para qué verlo otra vez? Muy simple. Porque me enamoré de Mary Ingalls. La más bonita, la más tierna, la hermana mayor de la familia más pobre de la televisión mundial. Durante algunos años encendía mi viejo Samsung esperando solo que Melissa Sue Anderson (Mary) recupere la vista. Solo así podía soñar con que algún día ella me mire con la misma devoción con la cual yo lo hacía.Cuando alguien me preguntaba por mi favorita dentro del clan de Ingalls siempre dije que Mary era mi remedio sin receta. Tanta fue mi fijación que la primera novia que tuve se llamó (casi) como ella. Yo sí estuve loco por Mary aunque en un espacio y tiempo equivocados. Cuando Melissa Sue Anderson aparecía en las pantallas por primera vez, yo ni siquiera había sido concebido. La hermana mayor del clan Ingalls era más grande y podía ser hasta mi madre. Pero para eso estaba la vieja y destartalada televisión, esa máquina del tiempo que nos aliviaba a los televidentes peruanos, a pesar de que la carencia de un sistema de cable nos condenaba a vivir eternamente desfasados.
Mamá Ingalls antes
Mamá Ingalls despuésMary Ingalls antesMary Ingalls ahoraNo me pregunten de argumentos ni personajes. Yo solo veía la “Familia Ingalls” por las nenas. Por mis queridas amigas que vivían al lado de la pradera. No estaba pendiente de sus historias, de sus desencuentros, mucho menos de sus lecciones de vida. Mi atención solo era captada cuando aparecía Mary Ingalls o, en el peor de los casos, la graciosa Laura. Si tenían novio o no era lo único que quería saber en cada episodio. Es más, ni siquiera me sé de memoria los nombres de los personajes. Debo hacer un esfuerzo y repasar lo que algún día vi en canal 5, casi siempre con mis hermanos después del almorzar. Yo era el más pequeño y a pesar de lo atontado que quedaba tras cada aparición de Melissa Sue Anderson, tenía que guardar mi perturbador secreto infantil y amar en silencio. Los niños no se enamoran, los niños no deben mirar.Hoy, cada vez que repaso algunos de los capítulos de “La Familia Ingalls” no puedo terminar de verlos. Mi sentido del gusto colapsa por tan empalagosas escenas. Todo era demasiado bueno. Todo era muy ejemplar. Así no es la vida. “La Familia Ingalls” representaba el mundo ideal de los afectos y de las buenas costumbres. Pero detrás de cámaras, esas niñas dulces no eran ni dulces ni generosas. Algún exaltado podría decir que apenas se escuchaba el “corte” del director, Mary y Laura Ingalls se convertían en versiones adolescentes de “Carrie, extraño presentimiento”. La pradera se incendiaba. Todos los días. A la misma hora y en el mismo canal.Laura Ingalls antesLaura Ingalls ahora¿Quién descubrió semejante colapso interno en “La Familia Ingalls”? Pues la más antipática de la serie, la siempre mal recordada Nellie Oleson, es decir la actriz y hoy escritora Alison Arngrim, la niña mala de la serie que era una suerte de Quico cuando las Ingalls tenían la vida del Chavo. 'Confessions Of A Prairie Bitch' (la traducción se la dejo a ustedes) es el nombre del libro de Arngrim donde cuenta que tanto Melissa Gilbert como Melissa Sue Anderson simplemente se odiaban. No indiferencia. Odio. Era la lucha por un estrellato que duró 10 años, el tiempo que esta serie permaneció en televisión.Nellie Oleson en sus dos versiones. El antes y despuésLeo la noticia sobre la publicación de este libro y confirmo esa vieja y simple teoría de que nada es lo que parece. Una vez me dijo mi fallecido abuelo: “Cuando veas a alguien demasiado bueno, sospecha”. Y tenía razón. Melissa Sue Anderson era una diva. En la serie sufrió una enfermedad y perdió la vista. En la vida real, lo que la encegueció fue su estrella en el paseo de la fama.Con razón, Michael Landon se reinventó después para filmar “Camino al cielo”. Tenía que liberar un poco el espíritu. Si Landon, según el libro de Arngrim, y su esposa en la serie, Karen Grassle, eran lo menos incompatible del planeta; las hijas vivían un infierno donde solo faltaba que se hagan brujería. La pelea de fondo siempre era entre Melissa Gilbert y Melissa Sue Anderson. Léase entre Laura y Mary (mi Mary) Ingalls. Hoy Landon se fue, McGregor está retirada, Melissa Gilbert es una dirigente del sindicato de actores estadounidense y mi ex novia, Melissa Sue Anderson, participa cada cierto tiempo en películas para la televisión. Con razón nunca hubo reencuentro ni homenaje. El libro de la insoportable Nellie, lo más cercano a Malina (la mala de Ángel, la niña de las flores) en la vida real, derrumba un mito y un ideal de vida feliz. Nada es lo que parece. Si es demasiado bueno, sospecha. Si sonríe mucho, desconfía. Con razón el nombre oficial era “La pequeña casa de la pradera”. Ellos solo eran los Ingalls. Nunca fueron una familia.