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2013-05-25T18:23:35+02:00
El virrey José Fernando de Abascal y Sousa (1806-1816) sobrevivió hábilmente a la crisis dinástica de los Borbones de 1808 y salvó al virreinato del Perú del conflicto interno, que trastornó a los otros tres virreinatos de Hispanoamérica: el Virreinato del Río de la Plata, el Virreinato de Nueva Granada y el Virreinato de Nueva España -también conocido como Virreinato de México, así como a las dos capitanías generales: la Capitanía General de Venezuela y la Capitanía General de Chile desde 1809. Por medio de su política de reciprocidad, Abascal pudo trascender la tensión entre españoles y americanos con la perspectiva de volver del revés la política carolina desde la década de 1770. Su política conservadora combinó la defensa del orden establecido con una contraofensiva exterior. El gobierno de Lima, capital virreinal, se aprovechó de las revoluciones criollas en Quito, el Alto Perú y Chile para restablecer el control peruano entre 1809 y 1815. Este nuevo gran Perú contrarrevolucionario presentó un reto formidable a los regímenes revolucionarios de Nueva Granada y Buenos Aires. Las auoridades porteñas fracasaron por tres veces en el intento de establecer su control sobre el Alto Perú, que Abascal volvió a unir a Lima al producirse la Revolución de Mayo en 1810.Efectivamente, los dos bastiones del legalismo absolutista en América del Sur fueron el Perú y el Brasil, este último centro de la monarquía portuguesa del momento. Abascal se presentó como el auténtico virrey en los tiempos de la Emancipación. Él fue realmente el único virrey del momento, puesto que José de Iturrigaray en Nueva España, Baltasar Hidalgo de Cisneros en el Río de la Plata y Antonio Amar y Borbón en Nueva Granada carecieron en su actuación de aquellas cualidades que deben caracterizar la función de representación de la realeza, que era consustancial a la personalidad del virrey. Éstos se hallaron tan sorprendidos por la novedad y tan carentes de iniciativa personal, que pronto fueron arrastrados por los acontecimientos. La excepción fue Abascal, que no pudo aceptar una actitud expectativa e inhibitoria. Fue un hombre con energía, decisión e iniciativa propia, lo contrario del tipo de virrey creado por las reformas borbónicas, recortado en sus atribuciones y simple ejecutor. La época en que éste gobernó el Virreinato del Perú atravesaba por una completa crisis de autoridad y, para un militar de casta como él, nada podía ser más lamentable que encontrar en los gobiernos peninsulares nuevas ideas que minaban, a su juicio, su autoridad más que las reformas borbónicas. Por el hecho de no resignarse a actuar débilmente en una época crítica, Abascal procedió como autoridad independiente.Por entonces se produjo el golpe más duro que sufrió la unidad de los dominios de la monarquía hispánica provocando, además de una crisis institucional del virrey y de los virreinatos, una crisis de las personas. La situación creada por el movimiento emancipador exigía al virrey desenvolverse operando sobre otras bases constitucionales completamente distintas. La postura revolucionaria hizo triunfar la idea de que siendo el virrey nombrado por el rey, desde el momento en que dejara de existir la autoridad real, la autoridad del virrey fenecía automáticamente. No pudo darse efecto más contrario al que pretendían los teóricos anunciadores de la libertad, puesto que el resultado inmediato fue recortar todavía más la limitada autoridad de los virreyes, cuando la más elemental medida política, ante una conmoción revolucionaria, era la de reforzar enérgicamente los resortes del poder.Sin embargo, Abascal salvó la crisis constitucional con un verdadero alarde de tino político, mediante el que fue capaz de conciliar la obediencia al gobierno metropolitano, reprimir los intentos revolucionarios, recompensar a sus servidores, mantener el ejército realista en América, socorrer fuera del Virreinato a todas las autoridades en peligro de ser rebasadas por los insurgentes, en unas circunstancias en las que todo le era necesario y todo era poco para las atenciones del propio Perú, y lograr la formación de un partido americano criollo realista para hacer frente a los partidarios de la Independencia. La actitud firme e irreconciliable del Virrey hacia los revolucionarios y descontentos fue, quizá, el factor más decisivo en el mantenimiento de la autoridad española. Contrario a otros débiles representantes, que se rendían dócilmente a la presión en otras partes del imperio español, estaba constantemente en guardia, decidido a sostener el sistema absolutista en el que creía, desaprobando no sólo la vacilación de sus colegas en otras partes de la América española, sino también las políticas conciliadoras de los sucesivos grupos que habían tenido la autoridad en la metrópoli. Reveló en tan difíciles circunstancias talento, sagacidad y decisión, dotes que se pusieron reiteradamente de manifiesto cuando el ejemplo de las revoluciones americana y francesa, además de los conflictos en la propia metrópoli, agitó a todos los estamentos del Perú. Su prestigio personal y sus cualidades de estadista, a la par que su actitud recta e inquebrantable, le ganaron el respeto y la simpatía de la población limeña, si bien es verdad que la contrapartida de esta adhesión fue de veras onerosa en el campo económico. Con este objetivo, Abascal adoptó una política de conciliación y acercamiento a las elites americanas, especialmente a los intereses ya concedidos por los planes borbones del siglo XVIII. Su política en Perú no fue innovadora, ni mucho menos abrupta, sino continuadora de un proceso de acercamiento entre el gobierno virreinal y las elites limeñas, que ya había comenzado. Su habilidad le permitió sobrevivir en una situación potencialmente peligrosa en la cual los poderosos comerciantes limeños, sinuosos e intrigantes como siempre, estaban buscando maneras para promover sus propios intereses.