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2013-04-23T03:55:43+02:00
Atahualpa, desde sus aposentos en la llaqta de Cajamarca, celebraba los contundentes triunfos de sus tropas en el sur. Considerándose invencible, aquellos días de noviembre de 1532, permitió que unos extranjeros barbudos, que llegaron por las costas de Tumbes, ingresaran a la sierra norte y se entrevistaran con él: eran los españoles. En los Baños de Pultumarca, fue el primer encuentro entre hispanos y el nuevo Inca. Hernando Pizarro convenció a Atahualpa para asistir a una comida y entrevista con su hermano Francisco Pizarro, prometiendo devolver los bienes que habían tomado sin autorización.  

 

 

Gracias a esta disensión entre los dos hermanos, los españoles llegaron hasta treinta leguas tierra adentro, sin que nadie intentase detenerlos. Pizarro no sabía cómo explicarse la apatía de los indígenas, cuando llegaron a él mensajeros enviados por Huáscar implorando la asistencia de los extranjeros contra el usurpador. El general comprendió enseguida toda la importancia de este paso, y previó las ventajas todas que podría sacar de la guerra civil que destrozaba el país. Determinó en su consecuencia avanzar mientras que la discordia ponía a los peruanos en la imposibilidad de atacarle con todas sus fuerzas, esperando que tomando la defensa de uno o otro de los competidores, según las circunstancias, lograría más fácilmente destruir a los dos.

No podía sin embargo disponer de toda su gente: debía dejar en San Miguel una guarnición capaz de defender este puesto, tan importante como plaza de retirada y como puerto, donde debían llegar los refuerzos que aguardaba de Panamá. En su consecuencia dejó en él cincuenta y cinco hombres, y partió el 24 de septiembre al frente de sesenta y dos caballos y ciento dos peones, de los cuales había veinte armados de arcabuces y tres de mosquetes, llevando además sus dos cañones.

Entretanto Atahualpa hallábase acampado en Caxamalca, ciudad situada a unas doce jornadas de marcha de San Miguel. Aunque sabía que el ejército enemigo era muy numeroso, Pizarro avanzó con el mayor denuedo. Poco había andado aún, cuando se presentó a él un enviado del inca con un rico presente de parte de este príncipe, convidándole con su amistad e invitándole a pasar a Caxamalca. Acordándose entonces Pizarro de las medidas políticas adoptadas por Cortés en iguales circunstancias, recibió al enviado con la mayor benevolencia; diose él mismo por embajador de un príncipe poderoso, y declaró que iba con la intención de ofrecer a Atahualpa su auxilio contra los facciosos que le disputaban la corona.

Esta declaración logró disipar los recelos y temores de los peruanos, los cuales, como los demás pueblos de la América, habían concebido las más vivas inquietudes desde la primera aparición de los extranjeros. ¿Debían considerarlos como seres celestiales o como formidables enemigos?¿no era más prudente conciliarse su amistad con la sumisión, que aumentar su enojo con la resistencia? Tales eran las dudas que venían a disipar las palabras conciliadoras de Pizarro, y desvanecido todo recelo se permitió a los extranjeros que marchasen hacia Caxamalca.