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2013-04-12T02:56:10+02:00

Espero que te sirva !!!!!

 

El 27 de junio de 1929, días después de los Arreglos logrados sobre todo por los masones Morrow y Portes Gil, la masonería dio un gran banquete al presidente Portes Gil, el cual a los postres habló «a sus reverendos hermanos: "Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo (...) Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes. Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes (...) La lucha sin embargo es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación. (...) En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería".

El 30 de Junio de 1929 se abrieron nuevamente los templos. Cuando los cristeros que habían tomado las armas aceptaron deponerlas, por obediencia, ante la reanudación de las actividades de culto, se puso fin a la llamada guerra cristera; el Jefe supremo de la Guardia Nacional, Gral Jesús Degollado Guízar, ordenó el licenciamiento del ejército, unos cincuenta mil hombres. El ejército cristero no había sido derrotado sino, vendido en la mesa de las negociaciones. Cerca de catorce mil cristeros se presentaron a las autoridades militares por salvoconductos, entregando las armas; otros las ocultaron y no se presentaron y muchos más huyeron de sus regiones.

No obstante, apenas desarmados, muchos fueron asesinados por orden de las autoridades locales; la cifra es de 1.500 víctimas, de las cuales 500 jefes, desde el grado de teniente al de general. Así cayeron asesinados el P. Aristeo Pedroza, jefe de la Brigada de Los Altos, el 3 de julio; Pedro Quintanar, jefe de Zacatecas, Porfirio Mallorquín; Carlos Bouquet, jefe del Sur; los generales y coroneles Vicente Cueva, Lorenzo Arreola, José María Gutiérrez Beltrán, Gabino Álvarez Barajas, Francisco Sánchez Hernández, Feliciano Flores, Victoriano Damián, Rogaciano Aldama, Andrés Salazar, los tres hermanos de Pedro Sandoval, Félix Ramírez y Casimiro Sepúlveda; los presbíteros José Lezama y Epifanio Madrigal; el general Luis Alcorta y el ingeniero José González Pacheco, de la ACJM. Sin duda son aplicables las palabras de San Marcos 13,9. 13: "Pero vosotros mirad por vosotros; os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernantes y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvara".

Los responsables de los "arreglos" recibían dignidades especiales: Mons. Leopoldo Ruiz y Flores fue nombrado Delegado Apostólico en México, y Mons. Pascual Díaz y Barreto, Arzobispo Primado de México.

Se procedió a disolver a la Liga, a las Brigadas Femeninas, a la Unión de Damas Católicas y a la AJCM. El P. Miranda -futuro cardenal de México-, fue el encargado de quemar el archivo de las BB, en tanto el archivo de la Liga fue destruido por otro secretario de Mons. Díaz y Barreto, Juan Lainé. A Mons. Dávila Garibi se le encomendó la quema del archivo del Arzobispo de Guadalajara, Mons. Orozco y Jiménez; siendo Arzobispo de Guadalajara en 1968, declaró: "Fueron peores los cristeros que los del gobierno. ¡Qué desorden! Al menos los de la Federación eran gentes de orden". Mons. Orozco, el único obispo que permaneció con sus fieles en el campo, fue invitado a abandonar el país; se les impidió regresar a Mons. González y Valencia y a Mons. José de Jesús Manriquez y Zárate –celebérrimo primer Obispo de Huejutla, preso un año en Pachuca y diecisiete en el destierro-.

El 26 de diciembre de 1931, por decreto gubernamental, se reducen a 25 el número de sacerdotes que podían oficiar en el Distrito Federal, y a uno sólo, el Arzobispo, en la Catedral.

El 29 de septiembre de 1932, SS Pío XI, envía una nueva Encíclica: "Acerba Animi"; es una prolongación de la Carta "Iniquis affictisque". Dirigida al episcopado mejicano, recoge el modus vivendi establecido en el año 1929 entre la Santa Sede y la República de Méjico y la inmediata trasgresión de este convenio por parte del Gobierno de la República. Desde el punto de vista histórico, presenta una identidad casi completa de la encíclica citada. Pero temáticamente ofrece el desarrollo de una distinción luminosa entre la aceptación positiva-siempre ilícita-de una ley persecutoria y la mera tolerancia material de las cláusulas de esta ley. Desde este punto de vista del contenido, ofrece también la encíclica una enseñanza de particular interés: las normas de conducta práctica -aplicación de los principios-, deben conformarse con la diversidad variable de las circunstancias concretas del medio con que se aplican. Es erróneo e injusto ver una contradicción entre normas distintas, cuya diversidad está dada por las diferencias locales del medio en que deben recibir aplicaciones empíricas los principios permanentes. "La hora actual del catolicismo en Méjico, recordaba SS Pío XI en la encíclica "Iniquis affictisque", es la hora obscura del poder de las tinieblas, provocada por el esfuerzo mancomunado del recrudecimiento de la barbarie y la persecución de la Iglesia, agentes simultáneos, cuya causa reside en las doctrinas subversivas del orden social y político, que se propagan, gracias a la connivencia responsable de los gobiernos, como virus mortal del estado". Esto provocó la expulsión del delegado apostólico.