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2013-02-10T18:46:00+01:00

En los albores de la Gran Guerra, el teniente Anton Hofmiller recibe una invitación para acudir al castillo del magnate húngaro Lajos von Kekesfalva, cuya hija, que sufre parálisis crónica, se enamora del joven oficial. Hofmiller, que sólo siente compasión por la joven Edith, decidirá ocultar sus verdaderos sentimientos y le hará tener esperanzas en una pronta recuperación. Llega incluso a prometerse con ella, pero no reconoce su noviazgo en público. Como un criminal en la oscuridad, Hofmiller se refugiará en la guerra, de donde regresará como un auténtico héroe. La impaciencia del corazón?hasta ahora conocida entre nosotros como La piedad peligrosa?es sin duda uno de los mejores libros de Zweig, un sobrecogedor retrato de la insondable naturaleza humana que atrapará al lector desde la primera página.

2013-02-10T18:47:00+01:00

La impaciencia del corazón estudia la culpabilidad, la moral y la posibilidad de la redención. La guerra del 14 encubrirá la indignidad de Hofmiller, pero las condecoraciones obtenidas en el frente no borrarán su vergonzoso comportamiento. El héroe de guerra no podrá olvidar su responsabilidad en el suicidio de Edith. Judío y pacifista, Zweig no necesita esforzarse para comprender la impotencia de una joven condenada a contemplar la vida, sin participar en ella. Su facilidad para identificarse con la perspectiva de los marginados infunde al relato un dolor sincero, a veces insoportable. El amor de Edith no es una fantasía romántica, sino una pasión asociada a un cuerpo. La escena en que sus manos juegan con las de Hofmiller refleja el infortunio de los humillados por la adversidad, tal vez los únicos capaces de alimentar una pasión voraz que jamás conocerán los hombres y mujeres acostumbrados a ser amados y deseados. Se advierte en Zweig un planteamiento moral que probablemente brote de sus raíces judías. El doctor que trata a Edith está casado con una ciega. No considera que haya sacrificado nada, sino que “ha vivido para algo”. Al menos no ha defraudado a su esposa, que le ama con la generosidad de los corazones compasivos. La imbecilidad que permitió despreciar a Galdós, Dickens o Baroja brota del mismo tronco que alimentó el menosprecio hacia Zweig. Su literatura nos sigue inspirando con el mismo genio que las creaciones de Tolstoi o Balzac. El suicidio de Zweig sólo atestigua el valor de una obra que no se resignó a excluir el impulso ético de la condición humana. Su muerte no es un fracaso de la voluntad, sino un gesto de protesta contra las fuerzas que oprimen al hombre y le escamotean su dignidad.